No aguanto a los arquitectos! / by Esteban Najas


No aguanto a los arquitectos!

No es que tenga nada en contra mi oficio, pero a veces no digiero la idea de pertenecer al club…déjeme explicarle.

A veces digo que  “soy arquitecto” con un timbre que luego me deja un zumbido en la conciencia porque lo traté como adjetivo.  

Porque hay que admitir que muchas veces la autoestima del arquitecto está hipertrofiada. Creemos en el espejismo de que los edificios son nuestros  aunque nunca seremos sus dueños. No queremos notar que –textualmente- con “el tiempo y las aguas”, las ideas del  arquitecto decaen siempre que no tengan una primera medida: la del bienestar de otras personas que no precisamente somos nosotros.

Ya lo dijo Rem Koolhaas cuando confesó que “La arquitectura es una peligrosa mezcla entre poder e impotencia”. Ese es nuestro anatema.

Entre los más de siete mil arquitectos ecuatorianos, seguro habrán muchas otras especies,  pero me gustaría hablar de las que nos plagan y que, aunque creamos que son de nuestra propiedad intelectual, proliferan también en el primer y segundo mundo.

La primera es la carroña de ingenieros porque tiene miedo de construir, pero no de garabatear. Existe arquitectura no construida?...no lo creo.  Esta clase ha visto más fotos de edificios que pornografía un adolecente.  Todos diseñamos así al comenzar, pero lamentablemente la pubertad se vuelve vitalicia, con acné y eyaculación precoz, para desventura de infinitos concursos internacionales de diseño y de nuestras ciudades.

Podemos llamarlos “decoradores de pastel” porque deciden en Sketchup a su antojo el cascarón de sus edificios. Una vez que el glaseado del pastel está listo, habrá que embutirlo de una masa mal horneada para el terror de los comensales.

Su alter ego es  el arquitecto que, por el contrario, prefiere evitar la fatiga de proyectar y, con el portal inmobiliario bajo el brazo, se zambulle en  la obra con la justa imaginación para armar un set de lego con instrucciones. Construye por rentabilidad y bajo comité para hacer más daño a las   ciudades que Godzilla. 

El primo del primero es el que cree que su espíritu creador es indomable y se reúsa obsesivamente a admitir un HECHO: Aunque la arquitectura SI puede a veces ser arte, EL ARQUITECTO NO ES PRIMERO UN ARTISTA.

Cuando los edificios pretenden ser obra de autor, dejan de ser edificios porque, casualmente, se construyen para uso y disfrute de las personas. Claro, esto es a menos que Kim Jong-un los comisione. La arquitectura no es un Coss-Fit del ego.

Tampoco quiero decir que los arquitectos no debamos ser creativos porque, en el caso de la arquitectura, la creatividad es primordialmente una herramienta para resolver los problemas puntuales de las personas y, por sucesión, de las ciudades.

Para solucionar problemas muy bien, es mucho mejor quitar cosas que ponerlas y, cuando se diseña, no hay problema más difícil que ser creativo en estos términos. 

Por esto, debemos procurar evitar, como una jeringa no descartable,  la manía por ser “originales” pues, aunque nos encanta creer que lo somos, NADIE lo es realmente, aun cuando lo intentemos con toda nuestra vena creativa. Es muy fácil creer que hacemos las cosas diferentes, pero muy difícil hacerlas auténticamente mejores.

Con mucha práctica y suerte quizás aspiremos a llenar de manera simultánea la mayor cantidad de necesidades reales, incluida esa necia, pero encomiable sed que tenemos los arquitectos por tratar de hacer las cosas bellas. Solo así será entonces, sin que seamos nosotros los que lo decidimos, buena arquitectura y, por defecto,  fotogénica también.

En alguna servilleta siempre quedarán bocetos de escultor, impostoras de arquitectura, sin embargo, un reciente brote  regional ha arrojado  una pequeña luz de conciencia sobre los problemas de las ciudades en relación estrecha con el objeto arquitectónico y se exploran ingeniosos mecanismos para hacerlas más habitables y eficientes.

Cuantos más arquitectos serios y comprometidos sean contratados, gradualmente se puede humanizar una fracción de la cartera inmobiliaria que, al rendir dividendos, podría dejar un sano remanente de buen diseño  que luego contagie la tendencia.

El panorama podría ser más prometedor pero, hasta entonces, sigo sin aguantar el concepto convencional del arquitecto, forjado en hormigón y Alucobond por los “starchitects” que quieren aterrizar sus artefactos en Kazakhstan o en la mitad del mundo para desaliñan las ciudades y devalúan nuestra primordial importancia que fundamentalmente es solo un oficio.